Uno de los fenómenos más sorprendentes de la Historia es la
rapidísima expansión del Islam, que en menos de un siglo, consiguió imponer su
dominio y luego su religión en la extensa zona comprendida desde el Indo hasta
el Atlántico y desde el Sahara a los Pirineos, el Taurus y el Asia Central.
Los musulmanes conquistaron en apenas diez años (633-643)
Siria, Líbano y Palestina (entre 633-634), Egipto (642), Irak e Irán (entre
637-644).
Napoléon Bonaparte (1769-1821), admirado por semejante
proeza, escribe: «El Islam conquista la mitad del globo en sólo diez años,
mientras que el Cristianismo necesitó trescientos años...» (Nicolás C.
Accame, Napoléon. El hombre, el guerrero, el estadista y el legislador,
Edición del Autor, Buenos Aires, 1942, pág. 464). Después continuó su avance
pero de modo mucho más lento; a su influjo cultural se debe, por ejemplo, la
incorporación de Malasia e Indonesia al seno del monoteísmo abrahámico a fines
del siglo XIII.
Esta segunda fase de expansión obedeció a la gran capacidad
intelectual de sus sabios, que en el breve tiempo de dos o tres siglos supieron
apropiarse de todos los conocimientos científicos de la Antigüedad y, partiendo
de ellos, llegar a nuevos descubrimientos que impresionaron favorablemente a los
pueblos vecinos, tanto en el campo de las matemáticas y física, como en el de la
astronomía y medicina.
La llegada de los musulmanes a las fértiles tierras
fronterizas a los desiertos arábigos se produjo con sorprendente facilidad. Los
bizantinos, que eran dueños de Siria y Palestina, pusieron en pie de guerra un
ejército compuesto de vasallos armenios y árabes hoscamente renuentes a
combatir; en Irak, los persas sasánidas aún padecían los efectos de cuatro años
de anarquía y guerra civil.
Los musulmanes derrotaron a ambos por igual. En agosto de
636, en el río Yarmuk (Jordania), un afluente del Jordán, los combatientes del
Islam dirigidos por Jalid Ibn al-Walid (m. 642) atacaron saliendo del desierto a
través de una tormenta de remolinos de polvo, y arrollaron a los medio cegados
bizantinos. Ibn al-Walid había tomado Damasco en 635. El jefe musulmán hizo
proclamar las condiciones de capitulación, admirables por su equidad: «En el
Nombre de Dios, el Graciabilísimo, el Misericordiosímo. He aquí lo que Jalid Ibn
al-Walid concede a los habitantes de Damasco: ... Promete que tendrán asegurada
la vida y que sus bienes y sus iglesias serán preservados. Los muros no serán
destruídos y ningún musulmán se alojará en sus casas. Dicho esto, le daremos el
pacto con Dios y la protección de Su Profeta, de los califas y de los creyentes.
Mientras paguen los impuestos, no conocerán sino el bien...».
Tras la derrota que infligió a Jalid a los bizantinos,
Jerusalén resistió al amparo de sus murallas durante un año más, hasta 637;
entonces, el patriarca de la ciudad, Sofronio, ofreció que se rendiría la Ciudad
Santa si el califa de los musulmanes en persona recibía la entrega de la misma.
Omar Ibn al-Jattab (586-644), segundo califa del Islam, aceptó esta proposición
y emprendió el viaje hacia el norte siguiendo el camino de las caravanas desde
Medina y llevando su acostumbrada túnica, llena de remiendos.
Al llegar a Jerusalén, Omar trató a los habitantes cristianos
y judíos de la ciudad con la misma moderación y miramiento que había mostrado
Jalid hacia el pueblo de Damasco. Mientras estuvo en la ciudad, visitó la
Iglesia del Santo Sepulcro, que los cristianos creían era el lugar de la tumba
de Cristo, y hallándose allí se escuchó la llamada a los musulmanes para la
oración al mediodía. Omar se rehusó, no obstante, a decir su oración en el
santuario cristiano, temiendo que si lo hacía sus entusiastas partidarios
insistirían en que lo transformara en mezquita. En vez de ello, salió de la
iglesia y se prosternó en el suelo desnudo orientado hacia La Meca.
Ese mismo año, en Qadisiya, Irak, el canciller persa sasánida
Rustam fue derrotado por Sad Ibn Abi Waqqas, antiguo compañero del Profeta, que
fundó la ciudad de Kufa en 638 y murió hacia 670. Sin embargo, los iranios, un
pueblo con una historia imperial de mil años, demostraron ser el adversario más
tenaz de los árabes musulmanes. El año 642, el ejército islámico irrumpió en
gran número en las llanuras iranias y en Nahavand (unos 60 km al sur de Hamadán)
conquistaron una "Victoria de victorias".
Mas prosiguió la guerra, el rey sasánida Yazdeguerd III
siguió combatiendo tenazmente hasta que fue asesinado a traición por uno de sus
vasallos en Merv en 651. Irán, sin dirección, fue integrado al nuevo imperio
musulmán, pero convirtió la derrota en una especie de victoria. El arte, la
literatura, la filosofía y la medicina persas llegaron a ser elementos
principales de la civilización musulmana, llenando el vacío de la devota pero
primitiva sociedad árabe.
En 639, a fin de proteger a la recién conquistada Siria de
incursiones bizantinas vengativas del sur y el oeste, un ambicioso comandante
musulmán, Amr Ibn al-‘As (m. 663), condujo a 3500 soldados de caballería a
Egipto, de donde los bizantinos importaban muchos de sus alimentos. Primero
sitió y tomó Pelusium, derrotó a los bizantinos en Heliópolis (640) y entró en
Alejandría (642). Se convirtió entonces en el primer gobernador musulmán de
Egipto (642-644) y fundó la ciudad de al-Fustat que, más tarde, se integraría al
perímetro de al-Qahira (El Cairo) de los Fatimíes en 869.
Uqbah Ibn Nafi (m. 683), sobrino de Amr, avanzó más al oeste
para proteger la conquista de Egipto, agregando al Islam los pastizales de
Túnez. Hacia 667 fue designado gobernador de la Ifriqiyah. Allí fundó la ciudad
de Qairawan (670) y luego llegó hasta las aguas del Atlántico en 681. Se dice
que entró impaciente con su caballo en la superficie del océano exclamando a
Dios: «Si este mar no se levantara en mi camino avanzaría hasta los reinos
desconocidos del oeste... ¡subyugando aquellas naciones que adoran a dioses
diferentes de Ti!». En 682, el legendario conde don Julián el Gomari
—gobernador bizantino de Tánger— pactó con él una serie de acuerdos.
La islamización del Norte de Marruecos comienza con la
llegada de Musa Ibn Nusair (640-714), quien se apodera de Tánger y confía su
gobierno al bereber Tarik Ibn Ziad al-Leiti (m. 720), el futuro conquistador de
la Península Ibérica a partir de 711.
Para 718 casi toda España visigoda se había convertido en una
provincia musulmana. Al mismo tiempo, la bandera del Profeta se llevó hacia el
este, al Asia Central, pasando por las fabulosas ciudades de Samarcanda, Bujará
y Kandahar en Uzbekistán y Afganistán.
En 732 los árabes musulmanes se encontraban en los pasos del
Hindu Kush y desde sus cumbres nevadas contemplaban la India de manera similar
como lo hicieran los soldados de Alejandro el Grande mil años antes.
Militarmente su fuerza iba decreciendo, pero ahora otro sueño del Profeta se
tornaba realidad; el Islam tenía legiones de nuevos conversos. Los turcos y
otros prosélitos avanzaron más allá del Kush y sometieron la India al régimen
musulmán.
En el oeste, los bereberes convertidos llevaron la fe
monoteísta a toda España y a media Francia. Algunos pueblos a los que nunca
habían visto los árabes ni sabían de su existencia miraban ahora hacia La Meca
cinco veces al día y recitaban la plegaria islámica:
«No hay más Dios que Allah y Muhammad es su enviado».
Los primeros cuatro califas del Islam
Cuando falleció el Profeta Muhammad (570-632), su compañero
Abu Bakr (573-634) lo anunció con estas frases: «Aquel que adoraba a Muhammad
que sepa que Muhammad ha muerto, y quien adoraba a Dios, pues Dios está vivo, no
muere». Abu Bakr fue elegido por algunos de los sahaba (compañeros
del Profeta) primer califa del Islam el 8 de junio de 632, el mismo día de la
muerte del Profeta del Islam.
Sin embargo, cuando el Profeta retornó a Medina luego de su
última peregrinación en el undécimo año de la Hégira (a principios del 632
d.C.), bajo la divina instrucción, se detuvo en Gadir Jumm y en medio de 124.000
musulmanes hombres y mujeres, oficialmente proclamó a Alí Ibn Abi Talib como su
sucesor y califa. Incluso en numerosas oportunidades, ya sea directa o
indirectamente, señaló a Alí como su sucesor y califa.
Las cuatro escuelas de pensamiento y jurisprudencia (madahib;
sing. madhab) sunníes (hanafi, shafi‘i, maliki y hanbali) tienen
registradas las siguientes tradiciones o dichos (ahadith) del Profeta
Muhammad referidas a Alí Ibn Abi Talib: «Yo soy la ciudad del saber y Alí es su
puerta», «Nadie conoce a Alí como Dios y yo. Y nadie me conoce como Dios y Alí»;
«Si queréis ver la sabiduría de Adam, la piedad de Noé, la devoción de Abraham,
la obedicencia de Moisés, y la abstinencia de Jesús, mirad al brillante rostro
de Alí»; «Aquél de quien yo sea su maulá (protector y maestro), Alí es también
su maulá. Por cierto que protegeré a quien lo proteja, seré su enemigo,
humillaré a quien lo humille, y apoyaré a quien lo secunde».
Al fallecer Abu Bakr en el año 634 se acordó elegir a Omar
Ibn al-Jattab (581-644) como sucesor, pero ya con otro método, había sido
designado por Abu Bakr. Fue el primer califa apodado Emir de los Creyentes (Amir
al-Mu‘minún), y es en su época cuando el Islam comenzó su rápida expansión
conquistando la totalidad de lo que se conoce como Bilad al-Sham, o la Gran
Siria, y Egipto del dominio bizantino y llegando a conquistar gran parte del
imperio sasánida a raíz de la victoria de Qadisiyya.
Omar Ibn al-Jattab murió asesinado mientras llevaba a cabo la
oración del alba por un cautivo persa. Y es a partir del asesinato de Omar que
se incuban las divergencias sobre el derecho de sucesión que desembocarán en
guerras y divisiones que marcarán profundamente la Comunidad (Umma) del
Islam.
Omar Ibn al-Jattab no designó una persona concreta para su
sucesión, sino que nombró a seis candidatos, instaurando así la shura (consejo),
y ordenó escoger a uno de ellos como nuevo califa (dando la orden secreta, según
cuentan las crónicas, de eliminar a aquellos de los seis que no estuviesen de
acuerdo con la mayoría).
El elegido fue Uzman Ibn Affan (m. 656). No hubo desacuerdo
público, aunque el primo hermano del Profeta Alí Ibn Talib se opuso a semejante
designación.
Uzman pertenecía a la familia omeya de los quraishíes. Era un
comerciante adinerado y fue el primer califa que practicó "la colocación" de sus
familiares directos en los puestos del poder ahondando así la brecha que no
tardará de romper la unidad de los musulmanes.
Su logro indiscutible fue la recopilación del Corán, edición
única que persiste hoy día, debido a que los Sahaba que lo memorizaban iban
cayendo en combate o cediendo ante la muerte natural.
El tercer califa continuó la expansión territorial y en su
época empezaron las expediciones marítimas, transformándose el naciente imperio
musulmán en una nueva potencia naval. Sin embargo, la situación interna no
dejaba de agravarse debido a la reivindicación de los partidario de Alí Ibn Abi
Talib (shiíes) que se habían concentrado en Kufa, Basra en Irak y en Egipto. La
convulsiva atmósfera provocó el asesinato del califa Uzman en Medina el 20 de
mayo de 656. Este hecho desencadenó una serie de guerras y escisiones que
resquebrajó la unidad de la Umma.
En estas circunstancias se designó a Alí Ibn Abi Talib
(600-661) como nuevo califa en Medina. Este hecho fue discutido y rechazado por
una facción encabezada por el emir omeya Mu‘wiya Ibn Abu Sufyan, entonces
gobernador de Sham con sede en Damasco, quien reivindicó para sí mismo el
derecho de sucesión.
Fueron dos las grandes contiendas que enfrentaron, por
primera vez en esas dimensiones, a ambos bandos: la batalla de Camello
(al-Ÿamal) en el año 656 de la cual salió victorioso el nuevo califa (se la
llamó así por el dromedario que montaba Aisha esposa del Profeta e hija de Abu
Bakr, que presenció la contienda en el bando contrario a Alí), y la de Siffín —a
orillas del Eufrates, en junio-julio de 657— en la cual se acordó el arbitraje
de dos compañeros del Profeta. El califa Alí escogió a Abu Musa al-Ashari y el
pretendiente a califa Mu‘awiya a Amr Ibn al-Ass. El arbitraje decidió la
destitución de ambos y la designación de un nuevo califa por vía de la shura
(asamblea). Esta decisión no llegó a materializarse y ambos mandos siguieron con
sus escaramuzas.
Al aceptar Alí el principio de arbitraje para evitar el
derramamiento de sangre, surge un nuevo cisma: los jariÿíes, que abandonan las
filas de Alí para combatirle más tarde y subdividirse con el tiempo en
facciones. Alí logró derrotarlos en la batalla de Nahrawan.
Seguidamente tres jariÿíes acordaron asesinar a Alí, Mu‘awiya
y Amr. Cada uno de ellos escogió a su víctima y decidieron ejecutar su misión en
Kufa (Alí había trasladado la capital de Medina a ésta ciudad), Damasco, Fustat
(El Cairo), el 19 del mes de Ramadán del año 40 de la Hégira (661 d.C.) cuando
las víctimas se dirigieran hacia la mezquita para la oración del alba.
Alí Ibn Abi Talib resultó herido de gravedad por una espada
envenenada falleciendo dos días más tarde (21 de Ramadán).
Mu‘awiya recibió una herida de sable en su trasero, pero
logró curar y fue el primero que mandó delimitar la maqsura en la
mezquita así como el pasadizo directo del Dar al-Imara (Palacio real) a ésta;
también ordenó las rondas nocturnas y dispuso que guardias le protegiesen
durante la oración.
Amr Ibn al-Ass se encontraba indispuesto ese día y permaneció
en su casa asignando al jefe de la guardia para encabezar la oración,
circunstancia que le costó la vida a éste último, pues el asesino pensó que se
trataba de Amr.
Los tres atentados se cometieron en el día y hora acordados.
Con este resultado Mu‘awiya Ibn Abu Sufyan tuvo el camino despejado para
instaurar el estado que llevará el nombre de su familia.
LOS OMEYAS DEL ORIENTE
El Califato Omeya fue una dinastía de califas que gobernó el
Califato árabe del Islam desde el 661 hasta el 750 y la España musulmana desde
el 929 hasta el 1031. Todos los califas de la dinastía eran descendiente de
Umayya Ibn Abd Shams, ciudadano de La Meca y miembro de la tribu Quraysh, que
vivió al menos dos generaciones antes del Profeta Muhammad (571-632).
El fundador de la dinastía, Mu‘awiya I, y sus dos sucesores
pertenecían a la rama sufyaní —descendientes de Abu Sufyan— de la familia Omeya,
mientras que todos los demás califas Omeyas eran marwaníes, descendientes de
Marwan Ibn al-Hakam, quien tomó posesión del califato en el 684.
El centro de poder Omeya y la sede del califato era Siria y
su corte estuvo centrada en Damasco. El califa Omeya mejor conocido
probablemente sea Abd al-Malik (685-705) que construyó el Domo de la Roca de
Jerusalén, emitió la primera moneda musulmana e inauguró la utilización del
árabe como lengua oficial de la administración musulmana. La Gran Mezquita de
Damasco (convertida de la iglesia bizantina de San Juan) y la mezquita Aqsa de
Jerusalén fueron construcciones Omeyas; se conservan en Siria las ruinas de
varios palacios y pabellones de caza.
La dinastía realizó una gran expansión de los territorios
bajo el dominio árabe musulmán. Aunque no tuvieron éxito en sus intentos de
conquistar Constantinopla (actual Estambul), capital del Imperio bizantino
(395-1453), hacia el 750 controlaron un área que se extendía desde el sur de
Francia y la mayor parte de la península Ibérica hasta las fronteras de China y
el norte de la India. Durante este período, el Islam, como religión y cultura,
sufrió una profunda evolución. Comenzaron a formarse las dos escuelas
principales del Islam que conocemos actualmente, el Sunnismo y el Shiísmo,
aunque ninguno de ellas alcanzó un desarrollo completo hasta que concluyó el
califato Omeya.
Los Omeyas y la élite a quien representaba consideraban el
Islam como algo reservado principalmente a los árabes y, en general, estaban
poco dispuestos a permitir que los pueblos conquistados no árabes se
convirtieran. La única forma de que estos pueblos pudieran entrar a formar parte
de la comunidad islámica era convertirse en clientes (mawali) de los
árabes, proceso que implicaba adoptar un nombre y una identidad árabe.
Aquéllos que consiguieron alcanzar la categoría de cliente no
eran considerados iguales por los árabes, pero, sin duda, había incentivos
(especialmente económicos) para muchos de los pueblos sometidos que deseaban
entrar en el Islam como clientes de los dirigentes árabes. Las preocupaciones de
los califas Omeyas para mantener la hegemonía árabe en la comunidad islámica
hizo que se mantuvieran los impuestos para quienes habían conseguido el rango de
clientes.
Entre aquellos árabes y no árabes que destacaban el carácter
religioso del Islam, y no simplemente social o político, era importante el
principio de que debería estar abierto a todos aquellos que desearan
convertirse, y no sólo a los árabes. Para ellos, los gobernantes Omeya, con
pocas excepciones, no eran auténticos musulmanes pues limitaban la ampliación de
la umma (comunidad islámica).
Esta tensión entre las diferentes ideas del carácter del
Islam (que aumentaron según se desarrolló el Islam como religión y con su enorme
desarrollo territorial) tuvieron mucho que ver con la creciente oposición al
califato Omeya y con la imagen negativa de los Omeyas que se ha mantenido en la
tradición histórica musulmana. En ella se retrata a Mu‘awiya como el que había
engañado a Alí ibn Abí Talib (primo y cuñado del profeta Muhammad) en el
califato, y al hijo y sucesor de Mu‘awiya, Yazid, se le hace responsable último
del asesinato del hijo de Alí, Husain en Karbalá en el 680.
Al-Husain Ibn Alí (629-680), hijo de Alí Ibn Abi Talib y
Fátima az-Zahra, y nieto del Profeta Muhammad, fue asesinado en el llano de
Karbalá, el viernes 10 de Muharram del año 61 de la Hégira (10 de octubre de
680) por los esbirros de Yazid Ibn Mu’awiya.
Este martirio de al-Husain, tercer Imam de la escuela de
pensamiento duodecimana, ha sido evocado no sólo por todos los cronistas
musulmanes sunníes y shiíes, sino incluso por grandes escritores e historiadores
occidentales como el inglés Edward Gibbon (1737-1794), en su Historia de la
decadencia y ruina del imperio romano (Turner, Madrid, 1984, págs. 249-258),
o el orientalista francés Ernest Renan (1823-1892) en sus Estudios Religiosos,
Alda, Buenos Aires, 1945, págs. 169-231). Véase Lewis Pelly: The Miracle Play
of Hasan and Husain, 2 tomos, Allen, Londres, 1970; M.A. Amir Moezzin: Le
Guide divin dans le shi’isme originel, Verdier, París, 1992.
El drama de Karbalá tuvo una gigantesca repercusión en todo
el Mundo Islámico e incluso entre los no musulmanes. El emperador bizantino
Constantino IV Pogonato (654-685) demostró su indignación ante el asesinato de
al-Husain Ibn Alí en una carta enviada a Yazid I: «Han matado a un Profeta o
al hijo de un Profeta» (Al-Yaqubi: Tarij, ed. M.Th. Houtsma, vol. II.
Leiden, 1883; Dar Sadir, Beirut, 1960, Vol.II, pág. 242).
«El martirio de Husain se convirtió en el prototipo de las
luchas contra la injusticia, del sufrimiento. El corazón del shiísmo esta ahí,
en ese suplicio que es al mismo tiempo rebelión y signo de esperanza» (Yann
Richard: El Islam shií, Bellaterra, Barcelona, 1996, pág. 46).
El islamólogo húngaro de origen judío Ignaz Goldziher
(1850-1921) al referirse sobre el drama de al-Husain y Karbalá, señala: «Los
shiíes modernos y letrados encontraron en la disposición para el duelo que
caracteriza a su fe, grandes valores religiosos. Encuentran en él un elemento de
sentimiento humanitario de nobleza: «Llorar por Husain —dice un indio shií que
también escribió en inglés obras de filosofía y matemáticas— es lo que determina
el precio de nuestra vida y de nuestro espíritu; si no fuera así, seríamos las
más ingratas de las criaturas. En el paraíso todavía llevaremos el duelo por
Husain». Es la condición de la existencia musulmana. El duelo por Husain es la
verdadera marca del Islam. Es imposible para un shií no llorar. Su corazón es
una tumba viviente, la verdadera tumba del jefe de los mártires decapitados»
(I. Goldziher: Le Dogme et la Loi de l’Islam, Paul Geuthner, París, 1973,
pág. 168 y 55; I. Goldziher: Introduction to Islamic Theology and Law,
Princeton University Press, Princeton, 1981).
Con una o dos excepciones, los califas Omeyas se consideran
gobernantes tiranos, que se preocuparon poco de los intereses del Islam, que
sólo buscaban el control del poder mundano y que aplastaron a los musulmanes
piadosos que encontraron en su camino.
Frecuentemente, se les niega la consideración de califas y se
refieren a ellos como una dinastía de reyes que gobernaban en tierras no
musulmanas. La tradición musulmana shií rechaza la legitimidad del gobierno
Omeya por completo, mientras que los suníes tienen una actitud poco generosa y
muy ambigua. Los únicos dos califas Omeyas que pudieron escapar a tal condena
fueron Omar II Ibn Abd al-Aziz (califa 717-720) y, en menor medida, Yazid III
(califa 744).
La dinastía fue derrocada por los Abbasíes en el 750 en una
revuelta que comenzó en la provincia de Jurasán, en el noreste de Persia. Esta
revuelta se inició por la disensión entre facciones del ejército árabe, y
alimentada por el resentimiento de los musulmanes árabes y no árabes que se
sentían excluidos del poder y de la riqueza que generaba la política Omeya.
Después del derrocamiento del califato Omeya, un miembro de la familia, Abd al-Rahman
I, consiguió llegar a la España musulmana (al-Ándalus) donde fundó un emirato
independiente.
Una línea de emires Omeyas gobernaron la España musulmana
entre el 756 y el 1031 y desde el 929, en que Abderrahman III tomó el título de
califa, constituyeron un califato independiente de Damasco, con capital en
Córdoba, que vivió momentos de gran esplendor cultural y alcanzó el predominio
territorial en la Península Ibérica debido a la debilidad de los nacientes
reinos hispanocristianos. Cuando se produjo la caída del Califato de Córdoba, la
anarquía subsiguiente condujo al inicio de la desintegración del poder musulmán
en España y a su atomización en una serie de pequeños estados denominados reinos
de taifas.
SINOPSIS DEL CALIFATO OMEYA
Juan Vernet, historiador, arabista e islamólogo español
denuncia abiertamente la naturaleza impostora de los Omeyas: «La dinastía
omeya sucumbió a sus propias faltas... Habiendo sido sus antepasados los
enemigos más acérrimos contra los que el Profeta tuvo que luchar, cabía pensar
que estos califas, si no fueron piadosos, cuando menos lo aparentaron para
conservar el apoyo de sus súbditos. Pero los últimos soberanos de la misma no se
preocuparon en fingir, hasta el punto de que uno de ellos, Yazid, ha dado nombre
a una secta de "adoradores del diablo o yazidíes" (J. Vernet: Lo que
Europa debe al Islam de España, El Acantilado, Barcelona, 1999, págs.
21-22).
El arabista cristiano libanés naturalizado norteamericano
Philip Khuri Hitti (1886-1978) hace una pormenorizada reseña de lo que significó
la implantación del régimen omeya en aquellos turbulentos años durante los
cuales el Islam padeció más de los enemigos internos que de los externos: «Mu‘awiya
manejó a Alí, protestó tácitamente de su califato y fue proclamado califa por
sus seguidores sirios incluso antes de la muerte de su rival. Y este advenedizo
no era otro que el hijo de Abu Sufyan, archienemigo del Profeta y jefe de la
rama aristocrática omeya de los coraixíes. El Hichaz y el Iraq eran pro-alidas,
indudablemente; también lo era parte de Egipto... Los historiadores árabes no
conceden a Mu‘awiya el título de héroe... Los xíes lo consideran su mayor
enemigo; no sólo usurpó el califato arrebatándolo a su legítimo poseedor, sino
que además lo pasó a su progenie... Los historiadores sunníes lo consideran un
converso tardío (un musulmán nuevo); su conversión se debió más a conveniencia
que a convicción... Por si fuera poco, cambió la dirección del Islam de califal
a real y se entronizó como el primer rey o malik, título menospreciado por los
árabes de entonces. Entre otras innovaciones citaremos que se rodeó de una
guardia personal, erigió un trono en su palacio y un recinto para su uso privado
(maqsura) en la mezquita... Yazid (su hijo) se distinguió como el primero de una
larga serie de califas borrachos» (Philip K. Hitti: El Islam, modo de
vida, Gredos, Madrid, 1973, págs. 129-132).
Como afirman Hitti y la mayoría de los historiadores árabes y
no árabes, Yazid Ibn Mu‘awiya (645-683) era conocido por su afición a la bebida
y al resto de los placeres y perversiones más propias de un déspota degenerado
que de un califa del Islam. Sin embargo, la historia no es puramente blanca o
totalmente negra, generalmente se destaca por sus largos períodos grisáceos y la
islámica evidentemente no es una excepción.
A pesar de los múltiples crímenes y aberraciones cometidos
por Mu‘awiya y Yazid, muchos musulmanes continuaron logrando importantes
victorias para el Islam. Uqbah Ibn Nafi, por ejemplo, conquistó el norte de
África hasta el Atlántico, pereciendo en una emboscada cuando volvía a su
Qairawán.
Por su parte Yazid I fue el primer gobernante musulmán en
atacar La Meca y Medina para aplastar al rebelde Abdallah Ibn Az-Zubair que se
había proclamado califa falleciendo en el transcurso de ese suceso en la región
de Haurán, en la Siria del sur. El gobierno de Yazid I duró tres años, 8 meses y
14 días.
Dos fueron los pretendientes para ocupar el califato. el
joven hijo del fallecido Mu‘awiya Ibn Yazid, por lo visto propuesto y votado por
los seguidores de su padre muy a pesar suyo, y Abdallah Ibn az-Zubair que se
encontraba asediado en La Meca y a quien apoyaban los musulmanes del Hiÿaz
(Arabia). A los 40 días de la proclamación de Mu’awiya II como califa éste
renunció y murió a los tres meses con apenas 22 años de edad. Con su abdicación
y muerte se acaba el historial de la rama sufianí de los omeyas créandose un
vacío que llenó el mayor de los omeyas, primo de Mu‘awiya I, Marwan Ibn al-Hakam
(623-685) cuya dinastía conocida como marwaní perdurará hasta el final del
estado omeya de oriente para continuar en al-Ándalus.
Marwan I Ibn al-Hakam solo logró gobernar en Siria y en
Egipto, puesto que el resto del territorio conquistado por el Islam se
encontraba en rebeldía. Tampoco tuvo el tiempo necesario pues falleció. El
polígrafo e historiador andalusí Ibn Hazm (994-1064) apunta la posibilidad de
que su esposa Umm Jalid le haya ahogado con una almohada antes de cumplir su
segundo año como califa, no sin antes de ajustar las medidas y el peso y asignar
a sus dos hijos como sucesores con el siguiente orden: Abd al-Malik y Abd-Aziz.
El quinto califa omeya, Abd al-Malik Ibn Marwan (646-705),
conocido por su amplia cultura, fue quien logró restablecer el poder omeya en el
vasto territorio del estado acabando con las rebeldías de Irak divididas entre
zubairíes (partidarios de Ibn al-Zubair), shiíes y jariÿíes. Y en La Meca acabó
con la vida de Abdallah Ibn az-Zubair que gobernó el Hiÿaz y parte de Irak como
califa durante 9 años.
Ibn az-Zubair había reconstruido la Ka‘ba debido a que ésta
resultó muy dañada por los proyectiles de los almajaneques omeyas, utilizando
por primera vez la piedra y acometiendo cambios que llevó al temible Haÿÿaÿ,
gobernador de La Meca tras la muerte de Ibn az-Zubair y célebre déspota de Irak
más tarde, a destruir esas modificaciones.
A Abd al-Malik se debe la cuña de las primeras monedas
islámicas, pues hasta entonces se solían usar en las transacciones las monedas
bizantinas y persas. ordenó grabar en las monedas la frase "En el Nombre de
Dios" y un año más tarde las aleyas coránicas "Dios es Único, Dios es eterno".
acto que disgustó a los alfaquíes (doctores de la ley) quienes denominaron a la
nueva moneda makruha (la odiada).
Abd al-Malik también organizó el correo y arabizó el diwán
(institución de gobierno), hecho que demuestra el uso hasta entonces del griego
y persa, además del árabe.
Abd al-Malik fue el primer gran constructor del Islam y
quizás el creador de lo que se conocerá como arte islámico. Fue quien mandó a
construir la Cúpula de la Roca en Jerusalén, uno de los edificios más hermosos y
simbólicos de la arquitectura islámica.
Abd al-Aziz Ibn Marwan, hermano del califa y segundo sucesor
asignado por el padre de ambos, falleció antes que Abd al-Malik, circunstancia
que facilitó el deseo de éste último de nombrar a dos de sus hijos para
sucederle: al-Walid y Suleiman.
El 9 de octubre de 705 moría en Damasco Abd al-Malik Ibn
Marwan tras más de 21 años de reinado, para ser, quizá, el único gobernante de
la historia que haya procreado a cuatro califas.
Al-Walid I Ibn Abd al-Malik (668-715) accedió al poder en el
año 705. Fue el segundo gran constructor del Islam. Hizo construir la Gran
Mezquita de Damasco y también reconstruyó la Mezquita del Profeta en Medina y
numerosos palacios donde se fraguaron, con clara influencia bizantina y persa,
las tendencias arquitectónicas y decorativas de la arquitectura civil y fue el
precursor en construir hospitales y asignar un sirviente a cada inválido y un
guía a cada no vidente, sin olvidar la mejora de las vías de comunicación
eliminando las zonas abruptas de los caminos y perforando pozos a todo su largo
para abastecer a los viajeros. En el desierto y la estepa se ocupó de construir
abrevaderos para el ganado.
En el ámbito militar logró enormes conquistas llegando sus
ejércitos a conquistar Samarcanda, Bujará, Juarezm y Farghana en Asia Central, y
buena parte de la India llegando al delta del río Sindu, mientras por el oeste
cruzaban Tariq Ibn Ziad el Estrecho que separa África de Europa para adentrarse
en la Península Ibérica, ambas proezas fueron alcanzadas en el mismo año: 711.
Los musulmanes llamarían al estrecho Ÿabal Tariq (montaña de Tariq), nombre que
sería latinizado como Gibraltar.
Al-Walid I Ibn Abd al-Malik murio en la Ghutta (vega) de
Damasco en el año 715. Suleiman Ibn Abd al-Malik (674-717) se encontraba en
Ramla (Palestina), ciudad que había fundado, cuando falleció su hermano. Su
relativamente corto reinado (2 años, 8 meses y 5 días) tuvo facetas
contradictorias: maltrató a grandes conquistadores como Musa Ibn Nusair, quien
acabó su vida mendigando en Damasco; encarceló y mandó a torturar hasta la
muerte al gran conquistador del Sind (hoy Pakistán) Muhammad Ibn al-Qasim; sus
partidarios igualmente dieron muerte al conquistador y gobernador del Jurasán
(704-715) Qutaiba Ibn Muslim, apodado por los aborígenes "el rey árabe" y a casi
toda su familia. Suleiman ordenó reanudar las campañas para conquistar
Constantinopla bajo el mando de su hermano Maslama Ibn Abd al-Malik. La capital
bizantina fue largamente asediada, muriendo el califa a los 45 años mientras
llevaba a cabo este nuevo y fallido intento.
El califa Suleiman había designado a su hijo Ayyub como
sucesor, pero acabó asesinándole en secreto, según Ibn Hazm, circunstancia que
hizo tomar al califa la más acertada de sus decisiones: nombrar a su primo Omar
Ibn Abd al-Aziz y a su hermano Yazid Ibn Abd al-Malik como sucesores. Para
evitar cualquier controversia introdujo su decisión en un sobre que se mostró
cerrado al público pidiéndole el voto a quien se designa en el documento. Así
fue la elección del segundo Omar de la historia del Islam.
Omar II (681-720) fue célebre por su piedad y justicia. Su
vida rayaba la de los ascetas. Solo tuvo una esposa, cuando la costumbre omeya
era acomodarse con un buen número de ellas. Abd al-Malik Ibn Marwan, por
ejemplo, tuvo 11 hijos de sus 9 esposas y otros 7 con sus esclavas. Dedicó su
tiempo a realizar reformas internas y financieras. Fue su reinado ejemplar y la
Historia lo reitera como tal. Sólo gobernó 2 años, 5 meses y 4 días. Se dice que
murió envenenado.
Le sucedió Yazid II Abd al-Malik (690-724), adicto a la
bebida y a las orgías, no tardó en anular todas las resoluciones positivas de su
antecesor. Bajo su reinado se aplastó la revuelta de Jurasán. Pretendió nombrar
a su hijo al-Walid como sucesor, pero éste era menor y bajo la presión de
numerosos omeyas accedió a nombrar a su hermano Hisham seguido por al-Walid. En
la época de Hisham Ibn Abd al-Malik (690-743), décimo califa de la dinastía
omeya y abuelo de Abd al-Rahman I, la expansión del Imperio Islámico alcanzó sus
límites máximos llegando a conquistar Narbona (Languedoc-Rosellón) y llegando a
las puertas de Poitiers (Francia) donde se libró una escaramuza contras las
fuerzas del monarca carolingio Carlos Martel (688-741), batalla tan exagerada
por las crónicas europeas y puesta en duda por recientes estudios.
Su completa entrega por ajustar y sanear las finanzas del
imperio le valió el apodo de "el Avaro", aunque era más conocido por su
indulgencia y honestidad.
Tras su muerte accedió al poder al-Walid II Ibn Yazid
(707-744) quien se apresuró a vengarse de todo aquel que se opuso a su elección
al fallecer su padre. Máximo extravagante de la dinastía, tenía dotes para la
poesía y la música y se entregó, alejado en su palacio del desierto, a los
placeres sin mesura. Su actitud antiislámica fue tal que ésta jamás fue igualada
por ningún soberano anterior o posterior a él. Citan algunas fuentes que
pretendió peregrinar a La Meca con el fin de embriagarse sobre la Ka‘ba. La
crueldad que mostró hacia sus adversarios de la familia omeya y su
comportamiento aceleraron su muerte. Ésta acaeció en su palacio, tras ser
asediado.
Cuenta el historiador egipcio al-Suyuti (1445-1505) en su
"Historia de los Califas" (Tarij al-Julafa) que al-Walid reprochó a sus
agresores al sentir su muerte tan cercana: «¿Acaso no aumenté vuestras pagas?
¿No os he librado de impuestos? ¿No he sido generoso con vuestros pobres?».
Le contestaron: «No tenemos resentimientos personales, nos vengamos porque
cometes lo que Dios prohibió, y por beber vino, y por fornicar con las madres de
los hijos de tu padre, y por despreciar lo de Dios».
Tras su asesinato se le cercenó la cabeza y fue enviada al
nuevo califa Yazid III Ibn al-Walid (705-744), conocido como "el Rebajador" tras
eliminar los aumentos que su predecesor había efectuado en los salarios. Yazid
III gobernó poco más de 5 meses, pues murió de la peste, no sin antes elegir a
su hermano Ibrahim como sucesor.
Ibrahim Ibn al-Walid (m. 749) nunca llegó a gobernar
realmente por lo que no figura en las crónicas como califa, puesto que el omeya
Marwan II Ibn Muhammad (692-750), gobernador de Mesopotamia y Armenia y apodado
"el Burro" debido a su tenacidad en las guerras, se opuso a tal nombramiento y
se dirigió con su ejército hacia Damasco donde se hizo con el poder para ser el
último califa omeya de Oriente.
El imperio era un hervidero de revueltas y divisiones lo que
facilitó a los Abbasíes la realización de sueño: exterminar a los Omeyas. Casi
lo logran, pues tras asesinar al último califa en Boussir (Egipto), se dedicaron
a perseguirles y masacrarles, salvándose milagrosamente el joven Abd al-Rahman I
(731-788) quien se dirigió del Eufrates hacia el Magreb buscando refugio en la
tribu bereber de la cual procedía su madre Rah. Es desde allí que envió a su
liberto Badr para contactar con los diferentes caudillos que mantenían el caos
en el emirato de al-Ándalus consiguiendo el apoyo de buena parte de ellos, sobre
todo de los yemeníes, para cruzar el Estrecho y desembarcar el Almuñecar. En 756
fue proclamado emir en la ciudad de Córdoba a orillas del Guadalquivir, abriendo
así una gloriosa página en la historia de al-Ándalus.
LA INFLUENCIA DE BIZANCIO EN LA CIVILIZACIÓN
ISLÁMICA
«La parte que corresponde a Bizancio en la formación de la
civilización islámica es enorme. Los árabes que habían salido del desierto eran
un pueblo sencillo, con pocos letrados, respirando ascetismo. Casi todos los
refinamientos que fueron sucesivamente adquiriendo los imitaron de los pueblos
sometidos a su dominio, algunos de Persia, pero la mayor parte de la
civilización cristiano-semítica-helenística de Siria y Egipto. Esta
civilización, ya bizantina, fue continuamente, aún después de la conquista
árabe, alimentada por Bizancio. No sólo los cristianos que vivían en Siria —como
el autor de los "Trofeos de Damasco", a finales del siglo VII— se consideraban
con frecuencia súbditos del emperador, sino que, además, los califas omeyas de
Damasco se vieron obligados a emplear arquitectos griegos, artistas griegos y
aún estadistas griegos, cristianos tan significados como el mismo Juan
Damasceno. Y no solamente eran bizantinos por su traza y por su decoración
(hasta el límite que la religión permitía), los primeros edificios musulmanes,
la Mezquita de los Omeyas o el Palacio de campo de Qalat, sino que incluso las
mismas cuentas del califato fueron llevadas en griego hasta los comienzos del
siglo VIII» (Steven Runciman: La civilización bizantina, Ediciones
Pegaso, Madrid, 1942, págs. 269-270).
«Cuando los musulmanes conquistaron, en el siglo VII,
Siria y Mesopotamia, florecían allí grandes escuelas, en Antioquía, en Edesa, en
Nisibe y en Harrán, y los maestros que en ellas enseñaban se hallaban
absolutamente penetrados de la cultura griega, de la filosofía de Aristóteles,
de las ciencias y de la medicina antiguas. Los califas omeyas se dirigieron a
ellos para traducir al sirio y al árabe las obras más importantes de la
literatura griega y bizantina; y después de ellos, los abasíes tuvieron el mismo
cuidado de reunir manuscritos griegos y de mandar traducir al árabe las obras
más famosas de la ciencia, de la medicina y de la filosofía helénicas. Durante
todo el siglo IX se dedicaron en Bagdad a traducir a Euclides, Arquímedes,
Tolomeo, Dioscórides, Hipócrates, Galeno, Aristóteles y Teofastro. (...)
Por medio de las traducciones sirias conocieron la ciencia y la filosofía de
Grecia, y gracias a ellas se despertó en el Islam, desde España hasta India, un
amplio y fecundo movimiento intelectual. Por las escuelas árabes de Córdoba, en
fin, el mismo Occidente cristiano conoció a Aristóteles, y de ahí que la
escolástica deba en parte su nacimiento a Bizancio. De manera que todo el
Oriente recibió el beneficio intelectual de Bizancio: los eslavos, que nacieron
por ella a la vida histórica, igual que los árabes, que le debieron el esplendor
intelectual de Bagdad y de Córdoba» (Carlos Diehl: Grandeza y Servidumbre
de Bizancio, Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1963, págs. 241-242).
Veamos que nos dice sobre estas influencias bizantinas el Dr.
Solimán al-Attar, profesor en la Facultad de Letras de la Universidad de El
Cairo y ex director del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos de Madrid:
«En el siglo VII aparece el Islam como religión árabe y ambición misionera
universal, y el profeta árabe envía cartas a todos los reyes y gobernadores de
la época, invitando a sus pueblos a entrar al Islam; entre aquéllos estaba el
emperador bizantino contemporáneo (Heraclio I, basileus entre
610-641). Y desde ese momento empiezan los árabes a discutir la posesión
bizantina de todos los territorios asiáticos y africanos, e incluso el Corán
pronostica la caída de los bizantinos mediante una serie de derrotas, y tal fue
el destino de este imperio conocido, tal vez hasta hoy día entre los árabes, por
el nombre de "Rum", el que, aparte de designar al Imperio, sirve como plural del
nombre del ciudadano bizantino en árabe, que es "rumí". Las conquistas árabes
—después de la muerte del profeta— fueron algo exageradamente increíble, porque,
en menos de 10 años, ellos pudieron extenderse desde la frontera de la India
hasta el océano Atlántico, borrando del mapa a todo el Imperio Persa y privando
al Imperio Bizantino de la mayoría de sus provincias asiáticas y africanas, es
decir, las provincias que representaban la prosperidad económica para el imperio
de Ar-Rum; desde ese momento establecieron los árabes su imperio en territorios
persas, árabes y bizantinos. Pero el Imperio Bizantino no perdonó este hecho de
despojo, ni tampoco a los árabes les era suficiente lo que consiguieron del
territorio bizantino, de modo que fue la marca superior de dos imperios, un
territorio de intercambio de poder entre ellos, aunque esta marca superior
siempre movíase con destino a Constantinopla. (...) La independencia de
Al-Ándalus en el año 755 de Jesucristo, era un signo temprano de la decadencia
militar árabe y también el principio inevitable de la división del vasto imperio
del Islam. Pero esta decadencia no va a ser una verdad sino en el momento en que
también el Imperio Bizantino ha de llegar al máximo de su deterioro y división.
Pues, continúa la lucha entre los Abbasíes y sus rivales los Omeyas de Al-Ándalus
y los bizantinos. Era así, lógico que Al-Ándalus tomara como amigos a los
enemigos de los Abbasíes, es decir, a los bizantinos. Éstos, a su vez,
considerarán lógico buscar la amistad con Al-Ándalus, tanto como tradición
bizantino-omeya, cuanto como realidad política inevitable. Entonces se aguarda
tener una Córdoba parecida a una Constantinopla arabizada, o al modelo arabizado
de ésta: Damasco. No dispongo ahora del material necesario para fundamentar esta
suposición, pero plantearé tres puntos iniciales sobre el tema: 1. El
intercambio de embajadas amistosas entre los dos estados se reitera en todas las
fuentes históricas árabes. Una de estas embajadas puede haber ocurrido en el
siglo VIII (...) 2. Escribiendo esta contemplación
arábigo-andalusí encontré lo que considero como hallazgo de mucha trascendencia
en el futuro de los estudios andalusíes y arábigo-bizantinos. Los andalusíes
tuvieron una costumbre que despierta toda curiosidad: el color del luto era el
blanco. Durante la práctica de mi largo trabajo en el campo de los estudios
andalusíes, me sorprendió esta costumbre, preguntándome el por qué de ella. Los
historiadores de la España musulmana se acostumbraron a repetir esta noticia sin
indagar en su causa, aunque les extrañaba el fenómeno y lo plantearon como algo
singular y curioso que pudiera distinguir el Occidente árabe "Al-Ándalus" del
Oriente árabe encabezado por "el Cairo y Bagdad". Al consultar la tradición
hispana no encontraremos ninguna explicación, porque según las diferentes
fuentes, el fenómeno del luto blanco es arábigo-omeya-andalusí, vale decir, fue
introducido por la dinastía de los Omeyas. Pero, al examinar las costumbres
bizantinas sobre el luto, encontraremos que el emperador llevaba el blanco y sus
súbditos el negro. Dado que los Omeyas andalusíes conocían de antemano, a través
de sus antecesores en Damasco, estas costumbres, ya habían encontrado la
solución feliz al mayor problema formal que enfrentaron en los comienzos de la
fundación de su dinastía en Córdoba. Los conflictos en aquellos días eran
diversos: guerras civiles para imponer su dinastía sobre los opositores árabes
andalusíes, guerras contra el Norte español cristiano, y guerras contra sus
peores enemigos y asesinos, los Abbasíes, quienes los despojaron de su corona en
Damasco, y con mucho éxito casi lograron quitarles el derecho a existir. Estas
guerras permanentes crearon un ámbito de luto interminable que impuso llevar los
vestidos negros y los signos "negritos" de duelo, es decir, usar permanentemente
el traje de los Abbasíes, quienes eligieron el negro como color de bandera, de
vestimenta oficial de la corte y del ejército y de muchas otras manifestaciones.
Así, si algún andalusí se pusiera el negro como signo de luto, ello se
entendería como símbolo omeya de lealtad y sumisión, pues, ¿qué color puede
servir para dar los significados fúnebres? La respuesta es: su conocimiento
previo de la costumbre imperial bizantina. Así, pues, el califa puede agregar
otra costumbre bizantina a la tradición cortesana omeya, pero generalizada,
porque el califa es el emir de los fieles e islámicamente es el modelo preciso
que debe ser imitado para conseguir la salvación: más aún, esta generalización
va a poner término a la posibilidad de la confusión entre pretender estar de
luto y estar en la posición de partidario abbasí. A través de esta
interpretación supuesta sólo se puede comprender la costumbre andalusí en su
marco histórico; además, podemos adivinar el aspecto funcional de la influencia
bizantina cultural en Al-Ándalus llevada por el nuevo palacio omeya cordobés que
siguió el modelo del antiguo palacio omeya de Damasco. 3. El tema
andalusí plantea espontáneamente el tema omeya de Damasco para poder entender el
significado de la ayuda artística bizantina en ofrecer material, mosaicos y
obreros en la construcción de la mezquita de Córdoba. El arte islámico pasó por
dos fases: una fase omeya de Damasco, influida por el arte bizantino, y otra que
empieza al término de la época omeya, a mediados del siglo VIII, y que sigue
hasta la actualidad, pasando por períodos y estilos diferentes, pero con uan
personalidad propia e independiente. (...) No voy a desarrollar más el
tema de la influencia bizantina en el arte islámico, dado que ha recibido la
parte del león de la preocupación de los investigadores, dejando que otros temas
sufran el hambre del abandono y del silencio en la tumba de los documentos y
libros antiguos. Sólo voy a presentar dos sugerencias, las cuales darán luz
sobre aspectos que quiero destacar: 1. La ayuda bziantina en la
construcción de la mezquita de Córdoba me lleva hacia la idea de comparar la
Alhambra con la arquitectura otomana después de la conquista de Constantinopla,
desde los aspectos de la elegancia, la finura y la alegría del edificio. Quiero
decir que la segunda inyección bizantina al arte islámico en España lo llevó
hasta la cima que consiguió el arte islámico oriental dos siglos más tarde. 2.
Nos cuentan dos historiadores árabes de alta categoría, Ibn Rusteh y Al-Tabari
sobre un mensaje enviado por el califa omeya Walid al emperador de los griegos
(Justiniano II), relativo a un proyecto de restaurar la mezquita del
mensajero de Dios (el Profeta Muhammad, en la ciudad de Medina),
rogándole que ayude en esta obra grandísima. El gobernante de Bizancio envió
100.000 miskals de oro, 100 obreros y 40 cargas de mosaicos cúbicos» (Suleiman
al-Attar: Contemplaciones iniciales sobre el tema bizantino en la cultura
árabe, en el Anuario Nº 7-8, del Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y
Neohelénicos "Fotios Malleros" de la Universidad de Chile, Santiago, 1985, págs.
210-216).
EL LEGADO ARTÍSTICO DE LOS OMEYAS
El advenimiento del Islam supuso el restablecimiento de
nuevas relaciones entre Oriente y Occidente, no sólo políticas y comerciales,
sino sobre todo culturales. El Mediterráneo, que durante la antigüedad fue el
nexo de intercomunicación entre las civilizaciones del Próximo Oriente y el
Occidente, perdió tal condición tras la caída del Imperio Romano de Occidente en
476 que supuso la entrada de Europa en un período de oscuridad política,
económica pero sobre todo cultural tras el período de invasiones bárbaras.
La expansión que desde los primeros momentos desarrolla el
Islam a través del norte de África hasta la Península Ibérica y en el Oriente a
través de Persia hasta el Indo, abrió una nueva vía de comunicación y relación
que proporcionó, sin lugar a dudas, una de las principales fuentes de luz en la
ensombrecida Europa de ese momento.
Bajo el gobierno de los Omeyas, el Islam no sólo alcanzó la
expansión territorial de un auténtico imperio, comparable con los que hasta
entonces habían existido, sino que logró una apertura y carácter cosmopolita,
abierto hacia las culturas de los países conquistados y capaz de servir de
elemento transmisor de las mismas.
El Imperio Omeya se convirtió rápidamente en un gran crisol
de culturas que alumbró de la mano de una emergente creatividad un nuevo arte,
con nuevas formas estéticas y hábitos culturales que se plasmaron en un sinfín
de construcciones e incluso en formas e imágenes urbanas de nuevo cuño.
La Cúpula de la Roca en Jerusalén
Jerusalén, llamada al-Quds por los musulmanes, es la tercera
ciudad más santa del Islam después de La Meca y Medina. El califa omeya Abd al-Malik
Ibn Marwan hizo construir allí un complejo que el mundo musulmán ha denominado
en árabe al-Haram ash-Sharif ("el Venerable Santuario"). En el extremo
sur el califa Abd al-Malik construyó entre 691-694 al-Masÿid al-Aqsa ("la
Mezquita lejana"), así llamada por un pasaje coránico (Sura 17, Aleya 1). En el
centro del santuario había una roca desde la cual el Profeta Muhammad ascendió a
los cielos. Esa misma roca era considerada por los sabios del Judaísmo el centro
del mundo y según la tradición monoteísta era el lugar donde el Profeta y Rey
Salomón había edificado el templo al Graciabilísimo.
En 691, sobre esta piedra histórica los arquitectos y
artesanos de Abd al-Malik, en su mayoría bizantinos, alzaron en estilo
sirio-bizantino la famosa Cúpula de la Roca que pronto se consideró como la
tercera de las cuatro maravillas del mundo musulmán (las otras eran las
mezquitas de La Meca, Medina y Damasco). Ésta no era una mezquita, sino un
santuario para alojar la roca; los invasores cruzados se equivocaron doblemente
al llamarla "la Mezquita de Omar" (expresión que aún hoy día se repite), ya que
el segundo califa, Omar Ibn al-Jattab, había construido un modesto oratorio en
639 en otro sector de la amplia explanada.
Sobre una construcción octogonal de piedras escuadradas, con
un diámetro de 48 metros, se eleva una cúpula de 30 metros de altura y 20 metros
de diámetro, hecha de madera, cubierta externamente de bronce dorado. Cuatro
elegantes portales, cubiertos sus dinteles de espléndidas planchas de bronce
repujado, conducen a un interior dividido en octógonos menguantes por columnatas
concéntricas de mármol pulido; las magníficas columnatas fueron sacadas de
ruinas romanas, los capiteles eran bizantinos. Las embecaduras de los arcos se
distinguen por mosaicos que representan árboles plasmados con delicadeza
incomparable; aún más hermosos son los mosaicos del tambor, bajo la cúpula.
Alrededor de la cornisa de la columnata exterior, en letras
amarillas sobre azulejos azules, se puede leer una inscripción en escritura
árabe kúfica (los caracteres angulares preferidos en Kufa), que fueron colocados
por el sultán Salahuddín al-Ayyubi (1138-1193), más conocido en Occidente como
Saladino, cuando reconquistó Jerusalén de manos cruzadas en 1187. Dentro de la
columnata interior está la roca maciza, informe, que se proyecta a una altura de
un metro y cincuenta centímetros sobre el nivel del suelo.
La Cúpula de la Roca constituye un acabado ejemplo del
sincretismo que originó el arte islámico: su planta se inspira directamente en
los edificios de comienzos del Cristianismo, las técnicas decorativas utilizadas
son del mundo bizantino y los motivos derivan de los repertorios bizantino y
persa sasánida. El edificio fue restaurado durante el gobierno del sultán
otomano Suleimán el Magnífico (1520-1566), época de la que datan los
revestimientos exteriores de mármol y cerámica, que reemplazaron a los antiguos
mosaicos. El geógrafo y viajero musulmán palestino al-Muqaddasi (946-1000)
escribe: «Al amanecer, cuando la luz del sol da por primera vez en la cúpula,
y el tambor refleja sus rayos, es este edificio un espectáculo maravilloso, tal
que en todo el Islam nunca se he visto otro igual; ni he oido hablar de ningún
monumento construido en los tiempos antiguos que pueda rivalziar en gracia con
esta Cúpula de la Roca».
Hoy día, la Cúpula o Domo de la Roca es no sólo el símbolo de
Jerusalén en el mundo entero, sino de toda Palestina.
La mezquita de los Omeyas en Damasco
A medida que el Islam se expandía fuera de Arabia, las
mezquitas fueron incorporando elementos de la arquitectura de los países
conquistados. Las tipologías basilicales, heredadas de la tradición cristiana,
comenzaron su existencia con la mezquita mayor de Damasco, construida por al-Walid
I Ibn Abd al-Malik entre el año 707 y 714 sobre una antigua iglesia cristiana
que a su vez se asentó sobre un templo pagano. Siguiendo esta misma trayectoria,
la nueva tipología musulmana tuvo su origen en la basílica romana heredada por
la tradición bizantina, así que finalmente la tradición arquitectónica islámica
hunde sus raíces en la clásica. La única diferencia que incorpora la mezquita
basilical es la equivalencia de sus tres naves, tanto en anchura como en altura,
que produce un efecto espacial más parecido al de las salas hipóstilas. Las
cubiertas planas de estos edificios se apoyan en dos pisos de arcadas, el
primero de ellos compuesto por grandes arcos de medio punto sustentados sobre
columnas romanas, y el segundo, dispuesto para acrecentar la altura del espacio
de oración, más pequeño y transparente. Esta disposición propia de los califas
omeyas se trasladó a la Península Ibérica con la caída del poder omeya en
Damasco. Abd-al-Rahman I comenzó hacia el año 780 la mezquita de Córdoba, donde
se incorporaron numerosas novedades, como la disposición de once naves
perpendiculares al muro de la orientación a La Meca (quibla), en lugar de
las tres paralelas de la tipología siria.
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